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♦ Perfil de Ernon, Rai de Suern, por Elizabeth Clare Prophet

[35 mil años a.C  – 13 mil años a.C. – Aquí y ahora – ¿Cuál es la conexión?]

¿Quién es Rai Ernon?

Nos enteramos de este personaje extraordinario por el libro A Dweller of Two Planets [Un habitante de dos planetas], cuyo autor es Phylos El Tibetano y que fue publicado en 1899. Se trata de la historia de sus encarnaciones en la antigua Lemuria, en la Atlántida y en los Estados Unidos en el siglo XIX.

Phylos relata minuciosamente su encarnación como Zailm Numinos hace alrededor de 13,000 años en la Atlántida y como Walter Pierson en los Estados Unidos decimonónicos. Por su propio relato nos enteramos de las pruebas que pasó su alma, sembrando y cosechando karma positivo y negativo; de cómo, con éxitos y con fracasos, lidió con los desafíos de su psicología y de sus propios moméntum de karma personal; de su encuentro Cristo el Señor que le hizo una profecía y que se presentó a la hora de su muerte en la Atlántida; y de que finalmente su alma alcanzó la resolución en el siglo XIX. Este estudio es fascinante porque la historia de Phylos es también nuestra historia, ya que todos somos atlantes reencarnados.

También arroja comprensión sobre el karma y la reencarnación, sobre la gracia de Jesús y sobre la responsabilidad que tenemos de saldar nuestras deudas con la Vida.

Un habitante de dos planetas es el mejor libro que podemos dar a los serios estudiosos del Sendero que son nuevos en estas enseñanzas. Está escrito en un inglés muy comprensible del siglo XIX, con el rico lenguaje de Frederick Oliver, el amanuense que lo recibió en dictado del adepto Phylos el Tibetano cuando todavía era un adolescente.

En un punto del libro llegamos a la historia del Rai Ernon. Rai es la palabra que en la Atlántida se utilizaba para nombrar al “emperador” o “monarca”. Cuando Phylos estuvo encarnado como Zailm, Rai Ernon era el emperador del país de Suern, que comprendía lo que hoy es la India y una parte de Arabia.

Los habitantes de Suern poseían poderes aparentemente milagrosos, entre otros la habilidad de precipitar sus propios alimentos. Estos poderes se derivaban en primera instancia de su estricta adhesión a un código moral impuesto por su monarca. En segundo lugar, los suernis gozaban de estos poderes por la intercesión de los adeptos de lo oculto de aquel tiempo, a los que se daba el nombre de Hijos de la Soledad.

Rai Ernon era uno de los Hijos de la Soledad, que eran célibes y no vivían en familia sino a menudo apartados de la civilización. En casos excepcionales regresaban a la civilización a servir a sus congéneres en el ámbito del Estado y de la Iglesia. Se instruían durante largos años, se convertían en adeptos no ascendidos y finalmente ascendidos en el curso de una encarnación tras otra.

Rai Ernon poseía poderes extraordinarios con los que pudo derrotar a los enemigos de su país sin necesidad de armas. En Un habitante de dos planetas leemos el testimonio de alguien que vio cómo, sin ayuda de nadie, venció a un ejército de 160,000 caldeos.

A mi parecer, de los registros guardados en el , éste es uno de los más extraordinarios que ilustran la magnitud de tales poderes. Gracias a él podemos comprender cuán profundo es el trabajo de un Hijo de la Soledad, cuán solitario es ese camino y el gran poder que Dios puede confiar a un individuo no ascendido, incluso a ustedes o a mí, si demostramos ser dignos en todas las cosas y en el uso juicioso del poder de Dios.

Testigo de los hechos, Lolix, la hija del capitán del ejército de los caldeos, cuenta con sobrecogimiento en Un habitante de dos planetas que Suern había sido invadida por el ejército caldeo y como no contaba con defensas físicas los suernis fueron tomados prisioneros; algunos habían sido torturados o muertos. Al ir aproximándose a la ciudad capital los caldeos se percataron de que un anciano, desarmado y solo, caminaba hacia ellos. Cuenta Lolix que “era muy alto, caminaba erguido como un soldado, y con una expresión de dignidad tal que hacía espléndida su presencia”.

El capitán de los caldeos le dijo al anciano: “¿Qué es lo dice tu monarca?”

El anciano respondió: “Mi monarca dijo: ‘¡Pide a este extranjero que se aleje antes que mi furia se desencadene, porque he aquí que lo aniquilaré si no obedece! ¡Mi furia es terrible!”

El capitán contestó: “¡Vaya! ¿Y su ejército? No veo ningún ejército.”

“Capitán ­–dijo el anciano emisario, en un tono bajo y con profunda seriedad–, más vale que partas. Yo soy el Rai, y también su ejército. Abandona este país ahora mismo. Mientras más pronto, mejor. ¡Retírate, te lo ruego!”

El capitán se negó a hacerlo y prometió que atacaría la capital de Suern por la mañana. Ernon intentó nuevamente convencerlo de que partiera, pero aquél rió burlón.

Ernon le dijo: “[Príncipe,] ¡me da pena por ti! Que sea como tú quieres. Te advertí que te marcharas. Has escuchado sobre el poder de los suernis y no creíste. Pues ¡experiméntalo ahora!”

Lolix describe lo que ocurrió después: “Con estas palabras, el Rai, apuntando con el índice, recorrió el sitio donde se encontraba nuestro espléndido ejército de dos mil soldados, nuestro orgullo.” Eran unos cabecillas de enorme estatura, los responsables de la tortura y muerte de los habitantes de Suern. “Los labios [del Rai] se movieron y apenas alcancé a escuchar sus palabras, pronunciadas en voz baja: ‘Yeovah, fortalece mi debilidad. Que mueran los culpables empecinados.’”

“Lo que luego ocurrió –continúa Lolix– horrorizó a los espectadores, tan conmocionados que durante los próximos cinco minutos no se oyó ningún ruido. Tras el gesto del suerni sus cabezas cayeron al frente, sus manos soltaron las lanzas y ellos cayeron por los suelos como embriagados. Ni un ruido, salvo el de su caída, ninguna lucha; la muerte los había sorprendido como a aquellos cuyo corazón deja de latir súbitamente…”

Ernon inclinó entonces la cabeza y oró: “Señor, haz esto por tu siervo, ¡te imploro!”

Lolix sigue contando: “Cuando me volví a mirar a las víctimas, vi cómo se ponían de pie, una a una, cada cual tomando su lanza, su escudo y su casco, y luego en cortas cuadrillas irregulares marcharon hacia nosotros, hacia donde yo estaba, ¡oh, Dios!, y se dirigieron hacia el río, ¡y caminando se fueron hundiendo en él! Cuando pasaron junto a mí vi que tenían los ojos semicerrados, con la mirada vidriosa de la muerte; el movimiento de sus miembros era mecánico; caminaban como si colgaran de cables y sus armaduras producían un horrendo sonido metálico seco. A medida que una a una las cuadrillas llegaban al río se iban hundiendo hasta que el agua les cubría la cabeza, y desaparecían para siempre, yendo a alimentar a los cocodrilos que ya bramaban y gruñían sobre sus presas río abajo del Gunja. El resto del ejército huyó aterrorizado. El capitán permaneció preso en Suern y Ernon envió a las mujeres caldeas a la Atlántida.”

Pese a los poderes que poseían, los suernis no eran un pueblo feliz. Zailm se dio cuenta de que no amaban a su monarca, el Rai Ernon. Cuando Phylos cuenta sobre su visita a Suern en su encarnación como Zailm el atlante, dice: “Los suernis eran un pueblo extraño. Los viejos no parecían sonreír nunca, y no porque estuvieran concentrados en estudios ocultos sino porque estaban llenos de ira. Detrás de cualquier manifestación parecía haber una perpetua expresión de enojo. Me pregunté a qué se debería esto. ¿Es consecuencia de las habilidades mágicas que poseen?”

Ésta es la explicación que Ernon le dio:

He procurado que los suernis conozcan la ley, que sean los amos y no las víctimas de las circunstancias. Pero como conocen unas cuantas cosas de magia, y en mayores hazañas son ayudados por los ‘Hijos’ [de la Soledad] que viven entre ellos, he aquí que se conforman con eso.

Pero he aquí que se rebelan contra los castigos a su natural lascivia sin freno, y me condenan violentamente porque exijo la exacta obediencia de la ley, e impongo penalidades por infringirla; y condenan a los ‘Hijos’ [de la Soledad], mis hermanos, que me prestan asistencia; a esto se debe esa ira que tanto te perturbó al percatarte de ella.

A tus ojos mi pueblo hace cosas extrañas… pero no saben por qué las hacen, y producen sus actos milagrosos sin prestar atención a Yeovah. En consecuencia, se han convertido en una manada de brujos, y no obran con magia blanca, que es benéfica, sino con magia negra, que es brujería. Esto les va a traer grandes desgracias. Habría querido enseñarles fe, esperanza, conocimiento y caridad, que constituyen una religión pura y sin tacha.”

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Ernon continuó con dolor:

¡Oh, suernis, suernis! ¡He dado mi vida por vosotros. He luchado por llevaros a Espeid [el Edén] para mostraros sus bellezas, ¡y no quisisteis! He intentado poneros a la vanguardia de las naciones y hacer de vuestro nombre sinónimo de justicia, de misericordia, de amor a Dios, y ¿cómo me habéis pagado? ¡Quise ser un padre para vosotros, y me habéis maldecido en vuestro corazón! ¡Más penetrante que una daga es la ingratitud!

Os habría llevado a las alturas de la gloria, pero preferisteis revolcaros en la ignorancia, como los cerdos, limitándoos a realizar lo que a otros les parecen maravillas pero ignorando sus consecuencias. Sois una raza infiel e ingrata. No creéis en Yeovah y os contentáis con vivir con lo poco que sabéis, sois perezosos para aprender ¡y más desagradecidos para con Dios que para con vuestro Rai!

Ay, suernis, suernis, me habéis arrojado de vuestro lado, haciendo que mi corazón sangrara. Me voy, y de entre vosotros se irán también los ‘Hijos’, un puñado doliente de hombres desilusionados. Y ahí donde erais muchos seréis muy pocos, seréis la burla de los hombres y presa para los caldeos. Os veréis mermados y tendréis que esperar hasta que los siglos, noventa siglos para ser precisos, se pierdan en la eternidad. Y en aquel día sufriréis hasta los tiempos de aquel al que llamaréis Moisés. Y de ellos se dirá: ‘Son la simiente de Abraham.’

Y he aquí que, tal como ahora el Espíritu de Dios se encuentra en la tierra, inmanente en los Hijos de la Soledad, y hacéis escarnio de Él, en un día remoto Su espíritu se manifestará y encarnará como el Cristo, de tal manera que el ser humano perfecto brillará con el Espíritu, y se convertirá en el Primero de los Hijos de Dios. Pero tampoco en aquel tiempo lo conoceréis, sino que lo crucificaréis; y vuestro castigo durará por los siglos hasta que ese Espíritu venga de nuevo en el corazón de aquellos que lo sigan, ¡y os encontrará dispersos a los cuatro vientos! ¡De esta manera seréis castigados!

A partir de hoy y hasta aquel tiempo os ganaréis el pan con el sudor de vuestra frente. Dejaréis de poseer el poder de defensa de vuestro monarca, no sea que lo utilicéis para ofensa. Ya no os pondré restricciones.

¡Pueblo mío, pueblo mío! ¡[Tan] desagradecido! ¡Os perdono, porque no sabéis cuánto os amo! ¡Parto ahora, oh, suernis, oh, suernis, oh, suernis!”

Phylos escribe: “Con la última palabra la voz del noble gobernante se deshizo en un murmullo, se cubrió el rostro con las manos, se sentó, sumergido en silencioso dolor, salvo por un suspiro de dolor que emitió en una o dos ocasiones.”

Acto seguido, Rai Ernon murió.

A la muerte de Ernon los suernis perdieron sus poderes, tal como él lo había pronosticado. Él había sido su guru, y ellos fueron unos chelas malagradecidos. Habían tenido poderes solamente por su gracia y patrocinio. Ya no pudieron precipitar sus propios alimentos y para sobrevivir tuvieron que aprender a cultivar la tierra, a criar animales, a explotar las minas y a hilar, instruidos por los habitantes de la Atlántida.

Lo que los Maestros Ascendidos han revelado acerca de los suernis es que originalmente fueron atlantes. He narrado su historia en la conferencia “La era de oro de Jesucristo en la Atlántida”, que resumo brevemente a continuación:

[Las ovejas perdidas de la casa de Israel]

Jesús fue el emperador de una era de oro en la Atlántida hace 35,000 años. Abdicó como monarca debido a que el 80 por ciento de sus habitantes lo exigieron. Junto con el 20 por ciento que lo apoyaba, Jesús abandonó la Atlántida y se trasladaron a Suern. Eran cerca de dos millones de personas. De ellas, un millón hicieron su ascensión desde la tierra de Suern. El otro millón siguió reencarnando. La mayoría se apartaron de la luz y perdieron su conexión con el Santo Ser Crístico.

Este último millón de personas siguió reencarnando en Suern y en la Atlántida. Con el correr de los siglos dieron nacimiento a muchas de las almas que se habían vuelto contra Jesús durante la era de oro de la Atlántida. De manera que en la época en que Zailm vivió en Suern estaban encarnados atlantes de aquella era de oro. Esos suernis han seguido reencarnando y exhibiendo el mismo comportamiento tozudo y obstinado que habían tenido en la Atlántida y en Suern.

Más tarde a los suernis se les dio la oportunidad de encarnar como la simiente de Abraham, para purgar el karma cometido, algunos al traicionar a Jesús durante la era de oro de la Atlántida y otros al caer en una espiral descendente de evolución en Suern. Debido a estos karmas los hijos de Israel sufrieron el cautiverio en Egipto.

Los hijos de Israel han seguido encarnando hasta nuestros días. El millón que había estado con Jesús en la Atlántida y luego en Suern reencarnó en la tribu de José a través de sus hijos Efraín y Manasés, a los que Jacob bendijo como hijos suyos. La tribu de José era una de las diez tribus del Reino Norte, de Israel. Hoy, ese millón de almas están reencarnadas principalmente entre los habitantes de las Islas Británicas, los Estados Unidos y Canadá.

Los suernis reencarnaron entre las restantes nueve tribus de las diez del Reino del Norte, en Israel, y en las dos tribus del Reino del Sur, en Judá. Hoy, generalmente, las nueve tribus del Reino del Norte están encarnadas entre las naciones europeas como cristianos, mientras que las dos tribus del Reino del Sur (Judá y Benjamín) y algunos levitas generalmente están encarnados entre los judíos modernos. Por razones kármicas la simiente de Abraham ha encarnado también en todas las naciones.

[Volvamos a Phylos el Tibetano.]

Durante su vida en los Estados Unidos del siglo XIX como Walter Pierson, Phylos volvió a encontrarse con Rai Ernon. Cuando trabajaba en su mina de oro en California, Walter se hizo amigo de uno de sus empleados, un chino llamado Quong, quien le revela que pertenece a una hermandad oculta y lo invita a la logia de dicha hermandad. Ahí Walter conoce a un maestro del planeta Venus llamado Mol Lang, quien lo lleva en su cuerpo sutil al planeta Venus. Mol Lang es Rai Ernon.

Durante su visita a Venus, Mol Lang lo instruye acerca del propósito de la vida, la ley del karma y la reencarnación, la naturaleza de la vida después de la muerte, las llamas gemelas y otras verdades eternas.

Haciendo una descripción de Mol Lang, Phylos escribe:

“[Poseía] unos ojos profundos, enmarcados por abundantes cejas; y una cabeza parecida a la del filósofo Sócrates; su cabello y barba blancos como la nieve y su erguida postura de soldado hacían que Mol me pareciera la personificación misma de la sabiduría oculta… Llevaba un turbante azul, con pintas color marrón… y una túnica gris larga, recogida en la cintura… Sus pies, de forma delicada y agradable, calzaba sandalias.”

Phylos comenta que su fe en Mol Lang se la inspiraba “su suave dignidad y su amorosa gentileza, que se desprendían de sus ojos grises profundos y apacibles”.

La última vez que sabemos de Mol Lang en Un habitante de dos planetas está consagrado al servicio a la humanidad. Escribe Phylos:

“Mol Lang estaba dedicado a su labor predilecta: guiar, enseñar y ayudar a la humanidad, en conjunto e individualmente, a esa porción de nuestra raza que todavía se encontraba en la tierra. Junto con otros grandes, Mol Lang influía en los asuntos de los hombres sin que ellos tuvieran conciencia de su intervención, esos hombres que proseguían con sus vidas y quehaceres en la tierra convencidos de que son ellos mismos los autores de todo. Qué poco sabe la humanidad encarnada en la tierra de los grandes adeptos que la guían.”

Ésta es nuestra semblanza de Rai Ernon, que a continuación nos dará un dictado. Espero que estos antecedentes hayan despertado amor en su corazón por este Hijo de la Soledad.

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Véase registros akáshicos.
Registros akáshicos
Las impresiones de todo lo que ha acontecido alguna vez en el universo físico, grabadas en la sustancia etérica y la dimensión conocidas como akasha (raíz sánscrita: kas,“estar visible, aparecer”, “brillar con fuerza”, “ver claramente”). Akasha es la sustancia primaria, la esencia etérica más sutil que llena todo el espacio; la energía “etérica” que vibra a una cierta frecuencia a manera de absorber, o registrar, todas las impresiones de la vida de un individuo. Estos registros pueden ser leídos por adeptos o por aquellos que tienen facultades del alma (psíquicas) desarrolladas